miércoles, 26 de junio de 2013

La Educación y el Pensamiento crítico



Puede que resulte paradójico para usted, querido lector, leer este ensayo acerca de la ausencia de una metodología que inste al pensamiento crítico desde la perspectiva de un hombre que en su educación más elemental, también fue “víctima” de una enseñanza soporífera y la mayor parte del tiempo, carente de lo que precisamente ahora trato de dejar en evidencia.

¿Cómo hacer válida mi opinión si nací cubierto por la misma dolencia que aqueja a la gran mayoría de personas que estudia en la actualidad?

No es menor hacernos esta pregunta. Pero por suerte, la dialéctica del razonamiento no debe su nacimiento netamente a la educación. Es posible descubrirla y utilizarla sin haber sido la mente inculcada por educadores y/o  pedagogos. La mente tiene esa particularidad de tener siempre hambre de saber más, y si, a pesar de todo, logramos ver más allá del velo impuesto por una sociedad que vela por un comportamiento uniforme (en sentido despectivo), lograremos dar con el pensamiento crítico por nosotros mismos.

Pero antes de sumergirnos en aguas más profundas, aclaremos qué es el pensamiento crítico. Una definición bastante aceptada y usada, es la que dice: “El pensamiento crítico consiste en analizar y evaluar la consistencia de los razonamientos, en especial aquellas afirmaciones que la sociedad  acepta como verdaderas en el contexto de la vida cotidiana.”

Sabiendo esto, podemos abocarnos netamente a nuestro menester, aunque para responder a la pregunta que da pie a esta opinión, basada desde luego en la humildad de mis conocimientos, me es necesario mencionar dos visiones divididas de una misma idea que casi llegan a tocarse entre sí, debido a lo lejanas -y a la vez tan cercanas- que se encuentran la una de la otra (como una argolla rota casi rozándose por los extremos), salvo por una delgada línea que casi las une, y que, permítame el atrevimiento, me he propuesto llamar: esperanza de bienestar.

Aquella esperanza de poder estar mejor de lo que estamos, aun cuando estemos hasta el cuello de problemas, y que nos guíe en el camino a encontrar lo que nos haga mejores personas, mejor comunidad y mejor sociedad. Esta esperanza sufre, según mi opinión, una visión que araña la dicotomía, pues a pesar de apuntar a una dirección, lo hace por diferentes caminos. A estos caminos me he tomado la libertad de denominarlos como “visión optimista esperanzadora” y “visión pesimista esperanzadora”.  

Como usted habrá notado, en ambos postulados ocupo la palabra  “esperanzadora” con el riesgo de caer en una paradoja en la segunda visión, pero me justifico apoyándome en las palabras del respetado señor Ernesto Savater, quien bellamente ilustró acerca de la vocación docente: “Pero en cuanto a educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse.” (El valor de educar, 2008, p.15)

De las dos visiones anteriormente expuestas, prefiero apegarme a la segunda, no porque vea todo negro o piense que no hay salvación, si no porque considero pertinente plantar las bases en la tierra más positiva (entendiéndola como Auguste Comte) que sea posible encontrar, sin aditivos que endulcen una realidad ya bastante amarga por culpa de unos pocos, y poner en práctica a través de tal postura, el mismo tema que ahora me convoca: el pensamiento crítico. Para ello ahondaré en el cómo podríamos cultivar o sentar las bases para el pensamiento crítico en ambos tipos de visión, y el por qué es necesario según mi tesis, mantenernos firmes en la visión pesimista.

Desde un punto de vista optimista, la respuesta a la pregunta principal podría ser respondida según el nivel educativo al que nos refiramos, y seguramente la respuesta variará en cada uno de estos niveles, tanto básicos, medios, como superiores. Es importante que al hablar de educación apliquemos un análisis crítico -entendiendo como crítica la capacidad de pensar de la manera más consiente posible- en consonancia con los objetivos que buscamos mejorar, separando cada área formadora  del todo de la educación en Chile, e ir detectando los puntos flagelantes de cada aspecto. En particular, el de los estudios básicos y medios, lugar donde el nivel de calidad docente y administrativo ignora, evita o carece  de los numerosos nutrientes vitales para un desarrollo de la razón crítica integral -entre otros aspectos que por ahora no vienen a cuento.-

Es importante y urgente el tratar estas  problemáticas cuando año tras año se hace más evidente la robotización del pensamiento humano basada en una educación controladora y creadora de contextos aversivos para la libertad del pensamiento. Actualmente podríamos hablar de una notable diferenciación y contradicción en cuanto a cómo y cuando se enseña a razonar críticamente. Se inculca tal conocimiento en una etapa demasiado tardía del aprendizaje, y se deja de lado en pos de una metodología rígida y poco maleable en las etapas básicas y medias.

Es de vital importancia que tal metodología cambie y se reestructure partiendo su concepción desde los primeros años de estudio con un fuerte enfoque en la filosofía y en el desarrollo de ideas y trabajos que rompan con el paradigma de la entrega de conocimiento clásico, basado en la idea de depositar información en alumnos considerados  recipientes sin capacidad cognoscente, para que así, al llegar el estudiante a sistemas educacionales superiores, el nivel de exigencia del tema en cuestión postule un avance significativo tanto para el individuo, como para la sociedad en donde se desenvolverá; una sociedad rica en profesionales con un juicio crítico bien formado, y además, diverso.

La importancia del pensamiento crítico radica no solo en la formación profesional del individuo, sino también en su formación ciudadana. Un cambio de tal envergadura nos haría más responsables de las decisiones a tomar como pueblo y gobierno.

Tomando en cuenta que estos futuros profesionales tienen un alto grado de posibilidades de ocupar puestos importantes en la sociedad, donde por extensión, sus decisiones afectarán a otros individuos, es lógico pensar que sus juicios incidirán –para bien o para mal- en la gestación de nuevos fenómenos político/sociales, pero que independiente de si contentan a ciertos grupos o no, habrá indudablemente un menor grado de incertidumbre con respecto a cuanta honestidad hubo tras los que tomaron tal decisión, pues como cultura tendremos inculcado el pensamiento crítico desde nuestra más temprana edad.

La filosofía como materia obligatoria en las aulas debe jugar un papel estructural en una educación que estimule y fomente el pensamiento crítico. Es inconcebible que estudiantes de universidades recién conozcan a Platón a los 22 o 30 años. Aquellos conocimientos deben ser suministrados y desarrollados en la niñez, ser parte de una cultura general que se dé por sabida para cada individuo, pues una mente que se entrena en el análisis, interpretación, evaluación e inferencia de evidencias, crecerá con ideales honestos adoptándolos a su estilo de vida, no solo a sus horas de estudio.

Un trabajo exhaustivo de investigación y desarrollo podría facilitar el encuentro de un método educacional extranjero adaptándolo a nuestra necesidad/país, que ayudara, entre otras cosas, a mermar la deficiente calidad que actualmente se imparte y se extiende como un tumor maligno (o benigno, según quien lo mire) por gran parte de las aulas de clase media y escasos recursos.

Ahora bien, desde el punto de vista pesimista, y tomando en cuenta que el concepto de calidad (herramienta básica para una característica inseparable de cualquier cosa  que permite que esta sea comparada con cualquier otra de su misma especie, en este caso educación) de nuestro sistema educativo está considerada como una de las peores a nivel mundial, es ingenuo pensar en instaurar el pensamiento crítico con una base racional tan endeble como la que nos caracteriza. Visto de esta forma, existe un trabajo titánico que realizar que no presentará frutos a corto ni mediano plazo por mucha filosofía que les enseñemos a nuestros niños.

Por otra parte, resulta menos esperanzador lograr tal utópico objetivo si el “desfondamiento racional” que nos aqueja, fuese el resultado de un condicionamiento que nos afecta  por fuerzas desconocidas tras bambalinas, tal vez, maquinadas por un gobierno mal intencionado con intereses  conspirativos que no busca un bien integral en el pueblo, sino que solo transformar a los individuos en elementos productores de dinero, transmutando a los colegios en simples manufacturadores de RRHH para empresas de las familias poderosas de siempre. Como este es un problema de herencia, casi como una tradición macabra, resultará imposible crecer más de lo que el ejecutivo quiere que crezcamos, pues estaremos atados a una jaula difícil de romper.

Pero ciñéndome a la parte optimista de la visión del pesimismo, y apegándome a lo bueno de nuestra realidad social (el pueblo), podemos decir que si, que hay luz al final del túnel. No para una educación perfecta, pero si para una educación mejor. Puede ser que esté pecando de agorero y que efectivamente nuestros gobernantes si estén dispuestos al todo por el todo con tal de educarnos de la mejor manera posible (aunque sea por intereses monetarios), pero los pasos necesarios para llegar hasta ese punto son desde luego, lejanos. Es necesario comenzar a sembrar ahora las semillas para que las futuras generaciones crezcan con una mentalidad honesta y realista, ya que en ellas estará realmente la solución a nuestros problemas. No ahora que no somos consientes de nuestra propia ignorancia. No ahora que nos preocupa traspasar solamente nuestro adn y poco y nada de nuestras ideas, y cuando digo nuestras, me refiero a la de cada individuo, no a las ideas de los aristócratas.

En estos momentos estamos limitados a solo crear los planos de una educación ideal, en crear el contexto para un mejor de venir de los que nos precederán, pero no estamos preparados para una mejora exponencial de nuestro sistema educativo en el “ahora”. La estructura económica/social no lo permite. No cuando el capitalismo y el valor extremo del dinero rigen sobre todas las otras leyes sodomizando el derecho humano a la educación, descartándola como necesidad básica imperante e innegociable, y deformándola a tal grado de bajeza, que es considerada negocio y una herramienta manipuladora de sociedades en lugar de ser vista como la placenta que nos llevará al camino del entendimiento, y por ende, un progreso económico transparente y equitativo.

Entonces, vuelvo a preguntar: ¿Fomenta nuestra educación, bajo su concepto de calidad,  el desarrollo del pensamiento crítico en nuestros estudiantes?

Absolutamente no, tanto porque el estancamiento administrativo actual no admite un avance en las áreas principales que sirven de soporte a la docencia, ejerciendo como una piedra que bloquea el paso a mejores ideas, así como porque no existe un razonamiento colectivo que nos haga entender la importancia capital de la educación como puente no solo a un mejor estilo de vida, sino que también a una mejor formación de seres humanos.

Dicho esto, sería lógico que usted, querido lector, se formulase la siguiente pregunta:

¿Podríamos considerar al pensamiento crítico como una mejora menor, o como la gran salvadora de la educación?


Yo, desde luego, lo desconozco, y me perdonará usted si mi pesimismo y falta de conocimiento en estos temas le resultan aun más desesperanzadores de lo deseable, pero entenderá que al igual que la muerte nos hace consientes de nuestra finitud, siento profundamente que el hacernos consientes de la decadencia en la que estamos sumergidos, nos puede hacer despertar de este largo letargo al que hemos sido  inconscientemente sometidos; el no pensar por nosotros mismos.


CV.


Bibliografía y Linkografía:
  •  Savater, (2008). El valor de educar. A guisa de prólogo. Carta a la maestra. Revista literaria       Katharsis.
  •        Andres Ubierna (Marzo 2012) Aprende a pensar. Puertomanagersblog

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