Puede que
resulte paradójico para usted, querido lector, leer este ensayo acerca de la
ausencia de una metodología que inste al pensamiento crítico desde la
perspectiva de un hombre que en su educación más elemental, también fue
“víctima” de una enseñanza soporífera y la mayor parte del tiempo, carente de
lo que precisamente ahora trato de dejar en evidencia.
¿Cómo hacer
válida mi opinión si nací cubierto por la misma dolencia que aqueja a la gran
mayoría de personas que estudia en la actualidad?
No es menor
hacernos esta pregunta. Pero por suerte, la dialéctica del razonamiento no debe
su nacimiento netamente a la educación. Es posible descubrirla y utilizarla sin
haber sido la mente inculcada por educadores y/o pedagogos. La mente tiene esa particularidad
de tener siempre hambre de saber más, y si, a pesar de todo, logramos ver más
allá del velo impuesto por una sociedad que vela por un comportamiento uniforme
(en sentido despectivo), lograremos dar con el pensamiento crítico por nosotros
mismos.
Pero antes de
sumergirnos en aguas más profundas, aclaremos qué es el pensamiento crítico. Una
definición bastante aceptada y usada, es la que dice: “El pensamiento crítico consiste
en analizar y evaluar la consistencia de los
razonamientos, en especial aquellas afirmaciones que la sociedad
acepta como verdaderas en el contexto de la vida cotidiana.”
Sabiendo esto,
podemos abocarnos netamente a nuestro menester, aunque para responder a la
pregunta que da pie a esta opinión, basada desde luego en la humildad de mis
conocimientos, me es necesario mencionar dos visiones divididas de una misma
idea que casi llegan a tocarse entre sí, debido a lo lejanas -y a la vez tan
cercanas- que se encuentran la una de la otra (como una argolla rota casi
rozándose por los extremos), salvo por una delgada línea que casi las une, y que,
permítame el atrevimiento, me he propuesto llamar: esperanza de bienestar.
Aquella esperanza
de poder estar mejor de lo que estamos, aun cuando estemos hasta el cuello de
problemas, y que nos guíe en el camino a encontrar lo que nos haga mejores
personas, mejor comunidad y mejor sociedad. Esta esperanza sufre, según mi
opinión, una visión que araña la dicotomía, pues a pesar de apuntar a una
dirección, lo hace por diferentes caminos. A estos caminos me he tomado la
libertad de denominarlos como “visión optimista esperanzadora” y “visión
pesimista esperanzadora”.
Como usted habrá
notado, en ambos postulados ocupo la palabra
“esperanzadora” con el riesgo de caer en una paradoja en la segunda
visión, pero me justifico apoyándome en las palabras del respetado señor Ernesto
Savater, quien bellamente ilustró acerca de la vocación docente: “Pero en
cuanto a educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, y es que la
enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido
para ejercitarse.” (El valor de educar, 2008, p.15)
De las dos
visiones anteriormente expuestas, prefiero apegarme a la segunda, no porque vea
todo negro o piense que no hay salvación, si no porque considero pertinente
plantar las bases en la tierra más positiva (entendiéndola como Auguste Comte) que
sea posible encontrar, sin aditivos que endulcen una realidad ya bastante
amarga por culpa de unos pocos, y poner en práctica a través de tal postura, el
mismo tema que ahora me convoca: el pensamiento crítico. Para ello ahondaré en el
cómo podríamos cultivar o sentar las bases para el pensamiento crítico en ambos
tipos de visión, y el por qué es necesario según mi tesis, mantenernos firmes
en la visión pesimista.
Desde un punto
de vista optimista, la respuesta a la pregunta principal podría ser respondida
según el nivel educativo al que nos refiramos, y seguramente la respuesta
variará en cada uno de estos niveles, tanto básicos, medios, como superiores.
Es importante que al hablar de educación apliquemos un análisis crítico
-entendiendo como crítica la capacidad de pensar de la manera más consiente
posible- en consonancia con los objetivos que buscamos mejorar, separando cada área
formadora del todo de la educación en Chile,
e ir detectando los puntos flagelantes de cada aspecto. En particular, el de
los estudios básicos y medios, lugar donde el nivel de calidad docente y
administrativo ignora, evita o carece de
los numerosos nutrientes vitales para un desarrollo de la razón crítica integral
-entre otros aspectos que por ahora no vienen a cuento.-
Es importante y
urgente el tratar estas problemáticas
cuando año tras año se hace más evidente la robotización del pensamiento humano
basada en una educación controladora y creadora de contextos aversivos para la
libertad del pensamiento. Actualmente podríamos hablar de una notable
diferenciación y contradicción en cuanto a cómo y cuando se enseña a razonar
críticamente. Se inculca tal conocimiento en una etapa demasiado tardía del
aprendizaje, y se deja de lado en pos de una metodología rígida y poco maleable
en las etapas básicas y medias.
Es de vital
importancia que tal metodología cambie y se reestructure partiendo su
concepción desde los primeros años de estudio con un fuerte enfoque en la
filosofía y en el desarrollo de ideas y trabajos que rompan con el paradigma de
la entrega de conocimiento clásico, basado en la idea de depositar información
en alumnos considerados recipientes sin
capacidad cognoscente, para que así, al llegar el estudiante a sistemas
educacionales superiores, el nivel de exigencia del tema en cuestión postule un
avance significativo tanto para el individuo, como para la sociedad en donde se
desenvolverá; una sociedad rica en profesionales con un juicio crítico bien
formado, y además, diverso.
La importancia del pensamiento crítico radica no solo en la
formación profesional del individuo, sino también en su formación ciudadana. Un
cambio de tal envergadura nos haría más responsables de las decisiones a tomar
como pueblo y gobierno.
Tomando en cuenta que estos futuros profesionales tienen un
alto grado de posibilidades de ocupar puestos importantes en la sociedad, donde
por extensión, sus decisiones afectarán a otros individuos, es lógico pensar
que sus juicios incidirán –para bien o para mal- en la gestación de nuevos
fenómenos político/sociales, pero que independiente de si contentan a ciertos
grupos o no, habrá indudablemente un menor grado de incertidumbre con respecto
a cuanta honestidad hubo tras los que tomaron tal decisión, pues como cultura
tendremos inculcado el pensamiento crítico desde nuestra más temprana edad.
La filosofía como materia obligatoria en las aulas debe jugar
un papel estructural en una educación que estimule y fomente el pensamiento
crítico. Es inconcebible que estudiantes de universidades recién conozcan a
Platón a los 22 o 30 años. Aquellos conocimientos deben ser suministrados y
desarrollados en la niñez, ser parte de una cultura general que se dé por
sabida para cada individuo, pues una mente que se entrena en el análisis,
interpretación, evaluación e inferencia de evidencias, crecerá con ideales
honestos adoptándolos a su estilo de vida, no solo a sus horas de estudio.
Un trabajo exhaustivo de investigación y desarrollo podría
facilitar el encuentro de un método educacional extranjero adaptándolo a
nuestra necesidad/país, que ayudara, entre otras cosas, a mermar la deficiente
calidad que actualmente se imparte y se extiende como un tumor maligno (o
benigno, según quien lo mire) por gran parte de las aulas de clase media y
escasos recursos.
Ahora bien, desde el punto de vista pesimista, y tomando en
cuenta que el concepto de calidad (herramienta básica para una característica inseparable
de cualquier cosa que permite que esta
sea comparada con cualquier otra de su misma especie, en este caso educación)
de nuestro sistema educativo está considerada como una de las peores a nivel
mundial, es ingenuo pensar en instaurar el pensamiento crítico con una base racional
tan endeble como la que nos caracteriza. Visto de esta forma, existe un trabajo
titánico que realizar que no presentará frutos a corto ni mediano plazo por
mucha filosofía que les enseñemos a nuestros niños.
Por otra parte, resulta menos esperanzador lograr tal utópico
objetivo si el “desfondamiento racional” que nos aqueja, fuese el resultado de
un condicionamiento que nos afecta por
fuerzas desconocidas tras bambalinas, tal vez, maquinadas por un gobierno mal
intencionado con intereses conspirativos
que no busca un bien integral en el pueblo, sino que solo transformar a los
individuos en elementos productores de dinero, transmutando a los colegios en
simples manufacturadores de RRHH para empresas de las familias poderosas de
siempre. Como este es un problema de herencia, casi como una tradición macabra,
resultará imposible crecer más de lo que el ejecutivo quiere que crezcamos,
pues estaremos atados a una jaula difícil de romper.
Pero ciñéndome a la parte optimista de la visión del
pesimismo, y apegándome a lo bueno de nuestra realidad social (el pueblo),
podemos decir que si, que hay luz al final del túnel. No para una educación
perfecta, pero si para una educación mejor. Puede ser que esté pecando de agorero
y que efectivamente nuestros gobernantes si estén dispuestos al todo por el
todo con tal de educarnos de la mejor manera posible (aunque sea por intereses
monetarios), pero los pasos necesarios para llegar hasta ese punto son desde
luego, lejanos. Es necesario comenzar a sembrar ahora las semillas para que las
futuras generaciones crezcan con una mentalidad honesta y realista, ya que en
ellas estará realmente la solución a nuestros problemas. No ahora que no somos
consientes de nuestra propia ignorancia. No ahora que nos preocupa traspasar
solamente nuestro adn y poco y nada de nuestras ideas, y cuando digo nuestras,
me refiero a la de cada individuo, no a las ideas de los aristócratas.
En estos momentos estamos limitados a solo crear los planos
de una educación ideal, en crear el contexto para un mejor de venir de los que
nos precederán, pero no estamos preparados para una mejora exponencial de
nuestro sistema educativo en el “ahora”. La estructura económica/social no lo
permite. No cuando el capitalismo y el valor extremo del dinero rigen sobre
todas las otras leyes sodomizando el derecho humano a la educación, descartándola
como necesidad básica imperante e innegociable, y deformándola a tal grado de
bajeza, que es considerada negocio y una herramienta manipuladora de sociedades
en lugar de ser vista como la placenta que nos llevará al camino del
entendimiento, y por ende, un progreso económico transparente y equitativo.
Entonces, vuelvo a preguntar: ¿Fomenta nuestra educación,
bajo su concepto de calidad, el
desarrollo del pensamiento crítico en nuestros estudiantes?
Absolutamente no, tanto porque el estancamiento
administrativo actual no admite un avance en las áreas principales que sirven
de soporte a la docencia, ejerciendo como una piedra que bloquea el paso a
mejores ideas, así como porque no existe un razonamiento colectivo que nos haga
entender la importancia capital de la educación como puente no solo a un mejor
estilo de vida, sino que también a una mejor formación de seres humanos.
Dicho esto, sería lógico que usted, querido lector, se
formulase la siguiente pregunta:
¿Podríamos considerar al pensamiento crítico como una mejora
menor, o como la gran salvadora de la educación?
Yo, desde luego, lo desconozco, y me perdonará usted si mi
pesimismo y falta de conocimiento en estos temas le resultan aun más
desesperanzadores de lo deseable, pero entenderá que al igual que la muerte nos
hace consientes de nuestra finitud, siento profundamente que el hacernos
consientes de la decadencia en la que estamos sumergidos, nos puede hacer
despertar de este largo letargo al que hemos sido inconscientemente sometidos; el no pensar por
nosotros mismos.
CV.
Bibliografía y Linkografía:
- Savater, (2008). El valor de educar. A guisa de prólogo. Carta a la maestra. Revista literaria Katharsis.
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